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Ofensiva anticlerical
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En su discurso del 17 de octubre de 1954, Perón denunciaba como enemigos del pueblo a tres clases de adversarios: los políticos, los comunistas y los emboscados.

Los políticos -señalaba- utilizaban métodos leales y desleales, y sólo se permitiría la actividad de aquellos que siguieran métodos leales y no realizaran sabotaje en perjuicio de la comunidad. Los comunistas, no habían sido “..perseguidos ni escarnecidos”, ni se les había privado de ninguna libertad, pero pagaban con “..maniobras insidiosas”, actuando con “..métodos hipócritas y disimulatorios”, no presentando lucha de frente, pues siempre estaban “disfrazados de algo”. A su vez, los enemigos emboscados, podían ser clasificados en dos categorías: los apolíticos, algo así como “la bosta de paloma”, porque no tenían “..ni buen ni mal olor”, actuando en toda circunstancia con un “..hermetismo hipócrita”, mientras que los otros eran los “disfrazados de peronistas”, a quienes iban conociendo poco a poco y eliminando de toda posibilidad. Todo parecería indicar que los enemigos emboscados que se alude en ese discurso, eran los católicos, como al poco tiempo se iba a evidenciar.

Por otra parte, la situación política en esos días era sumamente conflictiva debido a la ofensiva de la oposición. El sector estudiantil, mayoritariamente de clase media, era el que más golpeaba al gobierno, razón por la que estaban clausurados todos los centros estudiantiles porteños y encarcelados sus principales militantes. El punto de arranque del conflicto había sido la fiesta estudiantil del 21 de setiembre, con el enfrentamiento entre la UES y la ADES. La campaña era acompañada por muchos curas que denunciaban al gobierno desde sus púlpitos, aunque la Alta Jerarquía no se hubiera expedido al respecto. La independencia con que se manejaban amplios sectores de clase media, conducía necesariamente al enfrentamiento con el oficialismo.

Poco tiempo después, Perón enfrentaba a obispos y cardenales con delegados sindicales y de la UES, quienes tuvieron a su cargo la fundamentación de la supuesta intromisión de la Iglesia en los sindicatos, de patrocinar la formación de un partido demócrata cristiano y realizar una campaña de desprestigio de la UES. Haciendo de árbitro de la discusión, Perón finalmente aprobó la propuesta del cardenal Antonio Caggiano, para que se crearan dos comisiones, una de los obispos y otra de la CGT, para investigar conjuntamente las acusaciones. Los obispos se fueron tranquilizados por la posible solución del conflicto, y al domingo siguiente leyeron a los fieles una pastoral atacando al espiritismo.

El diario La Prensa, vocero de la CGT desde su expropiación a los Gainza Paz, publicaba el 6 de noviembre una denuncia sobre “clericalismo”, bajo el título “Inquisición no es cristianismo”. Se caracterizaba como clerical todo “..remedo bastardo de los procedimientos inquisitoriales antiguos”, denunciando que una prueba palpable de ese moderno clericalismo inquisitorial estaba en Córdoba, donde se advertía el trabajo de infiltración del clero para llegar a dominar todos los resortes de la comunidad. Afirmándose: “La propia gobernación no es sino un apéndice de la jerarquía eclesiástica, y por ignorancia, inocencia o complicidad, hace lo que se le ordena y deja de hacer lo que se le prohibe sin meditar si conviene o no a la comunidad. La Universidad se cree en la obligación de revivir los tiempos coloniales, y el veto o el ‘nihil obstat’ clerical deciden en primera y última instancia.” De ahí que las organizaciones estudiantiles fueran “..perseguidas y molestadas por los núcleos clericales que no aceptan que la moral pueda ser clara, limpia y honesta a la misma luz del sol. También las organizaciones sindicales peronistas soportan los mandoneos clericales..”.

Con igual sentido, el día 9 de noviembre, el secretario adjunto de la CGT, Hugo H. Di Pietro, señalaba en una reunión plenaria la aparición de la “infiltración clerical”, caracterizándolo como un movimiento tendiente a desvirtuar el sentimiento de los trabajadores. Destacó que siendo los trabajadores cristianos en su inmensa mayoría, nunca permitirían que el movimiento obrero se viera debilitado o amenazado por quienes pretendían que fuera presa de las fuerzas regresivas, de las que fue emancipado por Perón. Exhortaba a los dirigentes a ejercer la máxima vigilancia, para no permitir “..la siembra de una semilla que pretende desunir a la clase trabajadora.”

Pero será al día siguiente, en la reunión que convocara al efecto en la quinta presidencial de Olivos, ante la presencia del vicepresidente, gobernadores y ministros de su gobierno junto a funcionarios de relevancia, cuando Perón denunciará oficialmente la infiltración, señalando que la Acción Católica argentina, “..que es una asociación de orden internacional, también.... contará en su seno con antiperonistas. Hay un montón de antiperonistas que giran a la organización con toda hipocresía, porque van a muchas reuniones y dicen: ‘Yo no vengo en nombre de la Acción Católica’ pero actúan en nombre de ella. A eso de la Acción Católica es a quien tenemos que observar y tener en cuenta. De la misma manera ocurre con el clero..”.

“La Iglesia no tiene nada que ver en este asunto. Yo me he reunido con altos dignatarios ....y les he planteado el problema en presencia de las organizaciones que son las damnificadas por ciertas acciones que desarrollan organizaciones católicas de las cuales yo había recibido un perentorio aviso de cierta inquietud provocada precisamente por la intromisión de algunos hombres del clero en las organizaciones profesionales..”. ”Si los responsables de la Iglesia argentina, por boca propia y en presencia de los propios interesados de la organización declaran.... que ellos son los que condenan a los curas o a estos otros católicos que están en una acción de perturbación, nosotros tenemos que hacer honor a esa palabra.... y en consecuencia, debemos tomar las medidas pensando que en esos casos estamos combatiendo a hombres que han dejado de cumplir su deber de argentinos y su deber de sacerdotes. Están fuera de la ley de la Nación y fuera de la ley de Dios.”

Perón también hizo mención de nombres. Afirmó que los lugares donde ocurría la infiltración clerical con más virulencia eran Córdoba, La Rioja y Santa Fe. Los obispos de esas tres provincias, fueron declarados “..abiertos enemigos del gobierno”. Añadiendo que Córdoba era el lugar donde ocurrían las cosas más raras: “Ese señor padre Bordagaray, asesor del Ateneo Universitario Católico de Córdoba, dice que debe elegirse entre Cristo o Perón. Yo nunca he tenido conflicto con Cristo, que a través de dos mil años curas como estos han tratado de destruir y no han podido.”

Aunque se acusó a la Iglesia de organizar exprofeso asociaciones de profesionales, estudiantiles, etc., ellas venían actuando desde hacía muchos años. La ingerencia iba referida fundamentalmente a aquellos que actuaban en las organizaciones peronistas, disfrazando su adhesión a la Acción Católica o al Partido Demócrata Cristiano.

Al respecto, es sintomático que muchos peronistas y al mismo tiempo católicos, se vieran obligados a optar por cuestiones de conciencia entre uno y otro bando. Ejemplificativamente, el dirigente democristiano Manuel V. Ordoñez me comentó que la reunión en Olivos del 10 de noviembre de 1954, le fue informada por un funcionario de relevancia que había sido alumno suyo, lo cual habla a las claras de la realidad de la “infiltración”.

A partir de esa reunión, los métodos fueron expeditivos. La policía detuvo a varios de los prelados denunciados en el discurso de Olivos, tanto en Córdoba como en el resto del país. Una general oleada de terror recorrió las filas católicas. La Prensa lanzó un editorial, donde decía: “..Ni por el lado del clero prácticamente apóstata porque está alzado contra la autoridad de la Iglesia, ni por el lado del bochinche estudiantil artificialmente provocado, ni -menos aún- la mescolanza híbrida de católicos, comunistas, socialistas y radicales, podrán atentar contra las conquistas peronistas....Que los malos sacerdotes abandonen la sotana; que los crónicos estudiantes, se aparten del escudo de un libro nunca leído, y que los politiqueros de todos los tiempos -camaleones eternos pero mezquinos- formen los partidos que quieran.... Clero, estudiantes y políticos tiene su propio ámbito de acción. Todo el que se desmande sentirá el peso de la ley.”

Un hecho mucho más importante habría de producirse el 25 de noviembre. La CGT y las Ramas Femenina y Masculina del Movimiento Justicialista habían convocado a un gran acto en el Luna Park, para ratificar la política oficial y la lucha iniciada contra sectores de la Iglesia. Gruesas columnas se aposentaron del estadio y sus alrededores, mucho antes de las 18 horas. Los carteles de los manifestantes contenían leyendas alusivas, hablando de una guerra no declarada aún, aunque de grandes proporciones: “Perón sí, curas no”, “Enseñanza Religiosa no”, “Los cuervos a la Iglesia”, “Divorcio”, “Ni clericales ni comunistas”, “Queremos la separación de la Iglesia y el Estado”, etc.

Perón manifestó a la eufórica concurrencia: “Hace varios años que yo vengo recibiendo normalmente informaciones desde todos los lugares de la República, en las cuales se denuncia una intromisión, una propaganda y una distorsión en la acción de algunos clérigos.... Ya en la Fundación Eva Perón, se comprobaron numerosos casos de luchas contra esta meritoria y benemérita institución. Ya en algunas campañas políticas se notaron intromisiones no aceptables de algunos sacerdotes de la República. Todo eso agravado con una denuncia permanente de infiltración en organizaciones estatales y del pueblo..”. Remarcando: “..el gobernador de Córdoba, en cumplimiento honrado de su deber, me hizo presente que la justicia de Córdoba estaba total y absolutamente copada por los elementos clericales, que la usaban en su beneficio político. La Universidad de Córdoba estaba igualmente en manos de una falange de clericales que imposibilitaba casi la acción tranquila y desenvuelta del gobierno..”.

Los otros discursos de la velada fueron notoriamente mucho más allá de los límites de la denuncia política, para convertirse en vibrantes arengas anticlericales, plenas de fanatismo, como bien definía Delia Degliuomini de Parodi en su discurso: “Y venimos, sí, nosotras las mujeres, valientemente, a pedirle a la oposición que ataque al peronismo leal y abiertamente, que no profane los templos de Dios ni la dignidad del púlpito para incubar en la sombra las intrigas inconfesables de la oligarquía. Ya no le tememos. Este pueblo sabe lo que quiere y sabe donde va, y sabe también que no debemos respetar los ídolos vacíos, y que el hábito no hace al monje, y no hemos de respetar ninguna sotana que no lleve dentro de ella una verdadero cura.” “Compañeros: sabemos que muchos caminos conducen a Roma, pero todos los caminos conducen a Perón. Y Perón, con los hombres y mujeres humildes de esta patria, ha de conseguir la gracia divina de Dios para nuestra felicidad y hacernos olvidar totalmente de la miseria a que nos tenían acostumbrados los que hoy quieren defenderla..” “Esta vez han decidido ocultarse bajo la apariencia de hombres de Cristo, menospreciando la suprema enseñanza de bien y de amor que dejó el Divino Mártir del Gólgota, enseñanza que nunca quisieron comprender, contra la cual vienen luchando hoy desde las sombras al oponerse a este luminoso evangelio viviente que es la doctrina de Perón.”

Y el Secretario General de la CGT, Eduardo Vuletich, proclamaba irreverentemente: “Ahora nos quieren asustar con el miedo a Dios, pero a Dios no lo tememos, porque somos amigos de Dios, somos amigos de su doctrina y porque consideramos que si hay un solo hombre que pudo predicar la doctrina de Perón antes de Perón, ese hombre era Dios precisamente. Dicho sea de paso, ya que hablamos de los dos hombres que practican esa doctrina, Dios al crearla, y Perón al aplicarla, diremos que Cristo magnánimo, bueno, todo dulzura y bondad, llegado determinado momento y después de perdonar varias veces, decidió echar a latigazos a los fariseos del templo; Perón lo mismo, si es necesario que los eche a latigazos de nuestra tierra..”.

Estas declaraciones cayeron como bombas en el sector católico, con sus sorprendentes comparaciones. Las fisuras que se habían abierto no podrían más que transformarse en un abismo, al ingresar la lucha en un plano que excedía lo político. La reunión del Luna Park, con su brutal contundencia, sirvió para demostrar que la lucha estaba entablada e iba a ser muy dura, llamando a la oposición antiperonista a estrechar filas en torno a la Iglesia, novísima víctima de las persecuciones de la “dictadura”.

La respuesta se produciría al domingo siguiente, con motivo de la lectura de la pastoral antes citada, cuando en la catedral metropolitana asistió lo más dorado de la rancia oligarquía porteña, y terminada la misa, se corearon en el atrio estribillos alusivos: “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Viva el Papa!”, “¡Viva el cardenal Copello!”, “¡La vida por Jesús!”, e incluso “¡Viva el padre Carboni!”.

La respuesta más formidable orquestada por la Iglesia, sería el 8 de diciembre, con la celebración de la Inmaculada Concepción en la catedral. La Acción Católica, a instancias de Mons. Manuel Tato, presidente de la Comisión Organizadora, se encargó de imprimir miles de volantes que fueron distribuidos clandestinamente por las parroquias, instando a los curas a invitar a los fieles a concurrir a la Plaza de Mayo el día mencionado, previniéndoles que adoptasen las debidas precauciones del caso. Los accionistas católicos tenían órdenes expresas de impedir cualquier tipo de manifestación política en la celebración, debiendo resultar exclusivamente un acto de homenaje a la Virgen María. Lo cual ocultaría a medias el sentido político del acto.

La reunión resultó de un éxito sin precedentes para la Iglesia. Era su primera convocatoria multitudinaria desde que se había lanzado la ofensiva anticlerical. La ceremonia se redujo a una misa en el interior de la catedral, porque no había sido autorizado por la policía ningún acto en el exterior, aunque la muchedumbre que no pudo ingresar la siguió por los altavoces ubicados en la plaza. A la misma hora, el oficialismo opuso la recepción de bienvenida al boxeador Pascualito Pérez, que no contó con la adhesión esperada. La revista católica “Esto Es” publicó una foto espectacular de la manifestación de Plaza de Mayo, que casi le costó la clausura. Con menos suerte, el diario El Pueblo también publicó fotos y una nota, siendo clausurado al poco tiempo.

El 10 de diciembre, Perón cerró la labor del comité confederal de la CGT, haciendo nuevas precisiones: “Los vimos actuar en 1945 con el pretexto de que defendían la dignidad de la República en el orden internacional, aliados con aquel famoso embajador de triste memoria; los vimos actuar después, según decían, en defensa de la seriedad de la República; posteriormente, en defensa de su economía; luego en defensa de la libertad que ellos creían haber perdido porque el pueblo la había reconquistado; más tarde los vimos amansarse durante largo tiempo en que estuvieron preparando y maquinando alguna otra cosa, y ahora los estamos viendo aparecer en defensa de la Iglesia, a la que nadie ataca, vestidos algunas veces de oligarcas y otras con sotanas, pero siempre los mismos.”

Fue así como en diciembre de 1954 el oficialismo elaboraría una acabada táctica de enfrentamiento contra la Iglesia. Sobrevendría el “castigo” contra los curas rebeldes, no sólo por la represión de los casos individuales y el permanente hostigamiento a través de la prensa y los medios de comunicación, sino fundamentalmente, atacando los privilegios más sentidos, como eran la ley de enseñanza religiosa, el divorcio, la exención de impuestos, la libertad de reunión, etc. Se instrumentaba una política dura con la Iglesia, aunque Perón -moviéndose con habilidad política- no acusaba a la Iglesia en bloque, limitando la cuestión al señalar algunos pocos culpables, atacándolos con medidas que indisponían a la mayoría.

Perón no comprendió que debía moderar sus dicterios y medidas contra la institución, pues era una aliada demasiado poderosa. A tal punto su enemistad fue funesta, que comenzó arrastrando no sólo a la inquieta clase media y a la resentida oligarquía, sino a posteriori, a importantes sectores de la burguesía y las fuerzas armadas. De esa forma, Perón mismo puso en marcha, dio el puntapié inicial a una maquinaria difícil de controlar, con engranajes complejos que al interferirse unos con otros, terminaron destruyendo por completo el mecanismo original.

Seguramente el conflicto no era inevitable, aunque Perón en muchos momentos no pareció saber adonde quería llegar con el mismo. Con su política pendular, dio bandazos a uno y otro extremo, sin definirse por ninguno debido a las limitaciones impuestas por los intereses de clase y sector que representaba.

De esa forma, a partir de la candente reunión del Luna Park, el oficialismo elaboró como ofensiva la táctica de derogar leyes privilegiatarias o sancionar aquellas que implicaran golpes contundentes contra la Iglesia. Se sucedieron unas a otras con una secuencia lógica, demostrando que no eran fruto de la simple casualidad: Igualdad de los hijos legítimos e ilegítimos, Profilaxis Social, Divorcio.

Entre las leyes que tocaron expresamente privilegios alcanzados por la Iglesia Católica, se encontraban: Derogación de la Enseñanza Religiosa obligatoria, Supresión de la Dirección de Enseñanza Religiosa y de la Inspección General de Enseñanza Religiosa, Supresión de feriados vinculados a fechas religiosas, Supresión del juramento religioso en la Cámara de Diputados, Derogación de las disposiciones que eximían de impuestos, tasas y contribuciones a las instituciones religiosas, Separación de la Iglesia y el Estado, etc.

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